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La conferencia pronunciada por el padre Martín Gelabert Ballester llevaba por título Recordar hoy al Vaticano II y se enmarcaba dentro del cincuenta aniversario de la finalización de este importante evento histórico. Martín Gelabert es catedrático de la facultad de Teología de Valencia, y en la actualidad es superior provincial de los Dominicos de la provincia de Aragón.

Martin Gelabert comenzó su intervención situando a los asistentes sobre el significado del Concilio Vaticano II en el seno de la Iglesia, y destacando el impulso renovador que desencadenó este evento así como las grandes aportaciones que hizo en materia de renovación litúrgica, el ecumenismo o el acercamiento del texto bíblico a los creyentes. Para el, tan importante o más es el espíritu de cómo lo dijo como el espíritu renovador que desencadenó la etapa conciliar.

El padre Martín Gelabert habló de las dificultades que se produjeron en el seno del cónclave para aceptar algunas tesis de los padres conciliares. Durante el Concilio una minoría de padres formó una especie de asociación que intentó contrarrestar las posiciones más abiertas de la mayoría. En nombre del consenso, ese grupo de obispos introdujo correcciones y enmiendas a los textos para que desde posiciones más conservadoras se pueda decir que aceptan las enseñanzas del Vaticano II fijándose únicamente en esos textos que entonces se aceptaron para lograr una mayor unanimidad, pero que en realidad solo representaban el sentir minoritario. Entre los avatares que se produjeron en el seno conciliar, mencionó la conocida Semana negra del Concilio, caracterizada por cuatro intervenciones de Pablo VI adversas a las perspectivas más abiertas y más progresistas. Todas ellas sobre temas muy candentes: la colegialidad episcopal, el ecumenismo, la libertad religiosa y la Virgen María.

A continuación, el teólogo dominico dio algunas claves para entender mejor el sentido del Vaticano II. La primera se refiere a otra forma de mirar el presente. Según Martín Gelabert, la decepción por el presente en la Iglesia ha sido un problema que viene de lejos. De ahí se comprende esa mirada positiva de Juan XXIII en el discurso inaugural, cuando en sus palabras apreciaba en las condiciones de la vida moderna un nuevo orden de las relaciones humanas al tiempo que reconocía en los acontecimientos y en las obras de los hombres la presencia de la providencia, haciendo que todo redunde en bien de la Iglesia.

Esa mirada positiva propuesta por Juan XXIII hizo del diálogo una de las líneas de fondo del Concilio Vaticano II, tal y como se plasma en su encíclica Gaudium et Spes: “la Iglesia convertida en señal de fraternidad permite y consolida el diálogo sincero”. Esta actitud, junto con una teología renovada y una eclesiología de comunión más centrada en el misterio de Cristo y la Trinidad, está en la base de la apertura del Concilio al ecumenismo, al diálogo con las otras religiones y con la cultura; así como de su comprensión positiva del mundo moderno. Es lo que se conoce como Talante Pastoral del Concilio.

Una tercera clave se refiere al lenguaje propositivo del Concilio Vaticano II, estrechamente relacionado con su mirada positiva y su pretensión pastoral. Los anteriores Concilios de Trento y del Vaticano I estuvieron muy condicionados por los adversarios a los que trataban explícitamente de responder. El protestantismo y el modernismo hicieron una legítima teología condicionados por los ataques o por la postura inaceptable del otro. Por el contrario, la teología del Vaticano II es una teología que quiere reflexionar directamente sobre la Iglesia, sin mirar lo que dicen los demás. No pretende polemizar con nadie, sino exponer serenamente lo que la Iglesia es, o lo que la Iglesia cree. Por eso, el lenguaje del Concilio resulta más creíble y más comprensible y, además, va destinado a lo nuclear del misterio de Cristo.

La cuarta y última clave para entender los textos del Concilio es una cuestión más transversal, más de fondo. Se refiere al modo de entender la relación de Dios con el ser humano. Demasiadas veces -dijo Martín Gelabert- hemos hablado de Dios en sí mismo y nos hemos olvidado del Dios de los hombres y para los hombres. Demasiadas veces hemos hablado de los derechos de Dios y de las obligaciones que tenemos para con Él; sin embargo, nos hemos olvidado que Dios lo único que quiere es que seamos felices.

Del Dios que Jesús nos revela se desprende que es un Dios de salvación, de esperanza para los pobres y los marginados, que no está de acuerdo con el mal y la injusticia y que siempre busca el bien de todos y cada uno de los seres humanos.

El dominico Martín Gelabert finalizó con el repaso a las grandes conclusiones del Concilio Vaticano II que, a su juicio, fueron la de considerar a la Iglesia como Pueblo de Dios. Los padres conciliares debatieron cómo concebir la Iglesia: si como una institución jerárquica o como pueblo de Dios. Prevaleció lo segundo. Ante todo, la Iglesia es una comunidad de fieles convocados por Dios, señaló. En la Iglesia, antes que cualquier otra distinción hay que destacar la igualdad radical entre todos los bautizados. La Iglesia es una sociedad fraterna. Tiene también una conciencia sacerdotal que alcanza a todos. Todo el pueblo de Dios es sacerdotal.

La condición laical, sin embargo, es la más abundante y la forma más normal de vivir la vida cristiana. Después del Vaticano II han aparecido muchas asociaciones laicales que son una muestra de la vitalidad de la Iglesia. Pero Martín Gelabert se pregunta si estos movimientos gozan de la suficiente autonomía que les concede su dignidad de Hijos de Dios, o todavía están supeditados a la jerarquía o, por otra parte, sólo se consideran eclesiales a aquellos movimientos que aceptan posiciones conservadoras en lo doctrinal y poco comprometidas socialmente. Hoy nos encontramos con un fenómeno que el Vaticano II no pudo prever. Y es que hay muchas parroquias y comunidades cristianas que no tienen sacerdote. Por tanto, habrá que regular modos laicales de responsabilizarse con todas las consecuencias de estos grupos cristianos, dijo.

La liturgia fue otra gran aportación del Concilio, tal vez la gran novedad, la más visible, probablemente. La celebración litúrgica es una acción no solo del clero sino de toda la asamblea –destacó-, de ahí que las tareas no propias de los ministros ordenados sean desempeñadas por los fieles laicos, tal y como se recoge en el Derecho Canónico. Aquí la renovación se ha quedado en una cuestión puramente lingüística.

Muy interesantes fueron, también, sus conclusiones cuando expuso que el Concilio Vaticano II sigue marcando la vida de la Iglesia en los últimos 50 años. En este clima postconciliar, es un acontecimiento que hoy sigue marcando a la Iglesia, y desgraciadamente todavía sigue suscitando polémica y diversidad de opiniones. Es curioso que los críticos con los tímidos aires nuevos siempre apelen al magisterio del pasado para negar valor al magisterio vivo y presente.

Los que están contentos con el actual Papa Francisco –señaló- son los que valoran positivamente el gran bien para la Iglesia del Concilio Vaticano II, cuya celebración era absolutamente necesaria. Sin él la Iglesia hubiera quedado encerrada en sí misma. El Concilio todavía sigue siendo hoy una llamada a lo nuevo, a la renovación, a la escucha de lo que Dios quiere decirnos en los acontecimientos del presente.

Y por último, sentenció. Si hay crisis en la Iglesia y en el mundo, ésta no se resuelve mirando hacia atrás. De la crisis solo se sale hacia delante. A mí no me molesta que se hable de crisis, porque la crisis nos recuerda que no hemos llegado, que estamos en camino. La crisis no tiene porque ser mala. La crisis puede ser un momento de peligro, pero también de esperanza.

 

One comment on “50 años de la finalización del Vaticano II

  1. Tico on said:

    Me gusta la reseña realizada por Vd. Y también la reflexión del P. Martín Gelabert OP, a quien conozco por mis lecturas en su blog y en sus libros.
    Gracias.

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